Hace doce horas, cuando era viernes, me enteré que tenía también familia en Pisco. Me enteré que su casa se cayó a la mitad; me enteré también que la familia de un compañero de la universidad corrió la misma suerte.
La curiosidad me distrajo por dos horas con debates entre triboluminiscencias y chispazos eléctricos, entre saturaciones de redes celulares e inhabilitaciones de seguridad. Las horas siguientes, hasta el momento en el cual escribo este post, fueron ocupadas por un evento mucho más extraño, una distracción inevitable; algo sucedía con Lima: Solidaridad.
Me quedé sorprendido porque en mi “querida” ciudad suelo ver de todo menos buenas intenciones colectivas. Es bien sabido - las cosas de esta vida – que las personas que menos tiene son las que más dan. Naturalmente siempre lo decimos pero no hacemos nada al respecto. Ahora sí. Todos en las calles, colas y colas de gente de distintos puntos de Lima acudiendo a los puestos de ayuda para los heridos y damnificados del terremoto. Se rompió mi modelo mental, cagado. Lima está enferma de solidaridad y eso me contenta.
Todo el Perú está colaborando con los hermanos de Ica, Pisco y Cañete que son los lugares más afectados. Estoy seguro que hay otras zonas que tal vez no ha sido reportadas por cuestiones geográficas y de cobertura. Me preocupa seriamente la mala distribución de las donaciones; esto genera descontento y desesperación entre los pobladores del lugar, provoca el pillaje y el caos. Es evidente que el sistema logístico de donaciones no está funcionando bien.
Transmitamos tranquilidad y generosidad; es urgente enviar alimentos no perecibles, agua ropas, carpas, utensilios y más. No nos tocó lo peor y por eso hay que estar agradecidos y ayudar a nuestros hermanos en desgracia. Me doy cuenta que tres días ya pasaron; mañana es domingo, y queda mucho por hacer.
Dicen que el Perú es más grande que sus problemas. ¡Ánimo, Perú!
